ECONOMÍA – EEUU: Millones de trabajadores de los sectores peor pagados renuncian a sus empleos

La gran dimisión: Unos 9 millones de estadounidenses, de una población activa de unos 150 millones, dejaron su trabajo entre agosto y septiembre

El 40% renunció por estar «quemado», el 28% dejó el trabajo sin otro empleo en vista, y el 37%, buscando mejor salario. La mayoría pertenecen al sector de la sanidad, la restauración y la hotelería.

BLAI AVIÀ NÓVOA / VILAWEB

Una señal generalmente infalible de las recesiones económicas es el desempleo, y no es difícil ver por qué: cuanto más malo sea el rendimiento económico de un país, más dificultades tendrán las empresas para conservar trabajadores o contratar nuevos, y más ciudadanos se verán abocados al desempleo. Un esquema así asume –según cierto criterio, cabe decir– que lo único que se interpone entre el ciudadano y el empleo es una oferta de trabajo; es decir, que el trabajador tipo priorizará conseguir trabajo, o bien conservarlo, incluso cuando las ofertas recibidas no se ajusten exactamente a sus expectativas. La presuposición fundacional de este análisis, en otras palabras, es que el desempleo es básicamente un problema de demanda –que depende de si los empresarios demandan o no trabajo– y no de oferta: teóricamente, siempre habrá mano de obra dispuesta a ofrecerse para trabajar.

Es lo contrario de lo que ocurre ahora en Estados Unidos. Lejos de escasear, la demanda laboral ha aumentado de forma exponencial estos últimos meses, a medida que la situación pandémica se ha ido normalizando y los índices de actividad económica han empezado a acercarse a los niveles prepandemia. Sin embargo, las dificultades en el mercado laboral persisten: si bien la demanda laboral es la más alta en dos décadas, el número total de trabajadores activos es casi cinco veces menor que en 2019.

¿Los estadounidenses no quieren trabajar?

Al parecer, los estadounidenses tienen cada vez menos interés en trabajar. El problema no es de oferta, sino de demanda laboral: 4,3 millones de trabajadores, de una población activa que ronda los 150 millones, dejaron voluntariamente sus respectivos trabajos en agosto. La cifra encendió todas las alarmas entre los expertos: era, con diferencia, el mayor número de dimisiones mensuales desde que se tenían datos, y probablemente desde décadas antes de que el registro entrara en funcionamiento. Y la cifra récord fue superada en septiembre: otros 4,4 millones de estadounidenses presentaron la renuncia al trabajo.

Los expertos los llaman la “gran dimisión” (“great resignation”). Puede parecer una simple anomalía estatística, una mera fijación académica, pero no es un problema menor: decenas de miles de empresas, según han informado los medios locales, se han visto forzadas a suspender operaciones a raíz de esta carencia de trabajadores ; algunas incluso se han visto abocadas al cierre. Si la tendencia se mantiene, es posible que el efecto en términos macroeconómicos sea lo suficientemente importante para poner bastones en las ruedas de la recuperación –hasta ahora imparable– de la economía estadounidense.

La gran dimisión, de hecho, ya ha sido citada como uno de los factores tras la crisis mundial de abastecimiento: en los puertos de Los Ángeles y Long Beach, uno de los principales centros logísticos de Estados Unidos (y del planeta), se han reportado numerosas dificultades en la descarga de barcos debido a la carencia de trabajadores entre los estibadores.

¿Qué hay detrás de la gran dimisión?


En un primer momento, los expertos no dudaron en señalar el ambicioso programa de estímulos económicos del gobierno como responsable de la gran dimisión. El efecto combinado del aumento de los subsidios de desempleo y los ahorros acumulados durante la pandemia, aseguraban los expertos, había abastecido a los estadounidenses de un soporte económico suficiente como para permitirse ausentarse un tiempo prudencial del mercado laboral ( esto explicaría, también, por qué el resto de economías industrializadas no han experimentado un fenómeno equiparable). En respuesta, el gobierno de Biden implementó este septiembre el mayor recorte de prestaciones sociales de la historia de Estados Unidos. La idea era simple: cuanto menos dinero tengan disponible los estadounidenses, más incentivos tendrán para buscar trabajo o, al menos, conservar el que tienen. Pero este ejercicio particularmente duro de disciplina capitalista no ha terminado de lograr sus objetivos: han transcurrido más de sesenta días desde los recortes, y la gran dimisión sigue acaparando portadas en los medios.

¿Qué explica, por lo tanto, la gran dimisión? Una posible explicación es de carácter estructural. Por un lado, la pandemia ha empujado a muchos baby boomers (N.de la E.: nacidos en la explosión de la natalidad, entre los años 1946 y 1964, luego de la Segunda Guerra Mundial y el regreso de los soldados a sus países) a jubilarse, incluso de forma anticipada, y sencillamente no hay suficiente mano de obra joven para reemplazar todas estas bajas. Por otra parte, la inmigración en Estados Unidos ha caído a mínimos interanuales a raíz de la pandemia, lo que ha desprovisto al país de una fuente importante de mano de obra. Si bien estos dos factores son, sin duda, relevantes a la hora de entender la gran dimisión, no la explican por completo: por un lado, porque los baby boomers mayores empezaron a jubilarse casi hace una década; y por otro, porque la tasa de migración neta en Estados Unidos ha sido negativa durante todo el siglo XXI.

Los trabajadores se han empoderado y por eso dimiten

Una explicación alternativa, quizás más radical pero sin embargo más convincente, es que la pandemia ha reconfigurado la relación entre trabajadores y empresarios, entre demandantes y demandados. Durante casi medio siglo, la economía americana no ha crecido con el trabajador sino precisamente a su costa. Una medida que a menudo se emplea para ilustrar esta dinámica es el desajuste entre el crecimiento de la productividad (la cantidad de trabajo que realiza un trabajador) y el crecimiento de los salarios (la cantidad de dinero que recibe por ese trabajo). Idealmente, la productividad y los salarios deberían aumentar a un ratio similar: cuanto más productivo sea un trabajador, más será retribuido.

Entre 1948 y 1973, de hecho, la relación en el aumento de uno y otro fue prácticamente lineal: la productividad aumentó en un 96,7%, y los salarios en un 91,7%. Esta correlación, sin embargo, desapareció después de 1973: si bien la productividad aumentó un 72,2% entre 1974 y 2014, los salarios tan sólo aumentaron un 9,2%. Pero si la relación entre el crecimiento de uno y otro indicador hubiera sido la misma que la del período 1948-1973, los salarios deberían haber crecido más de un 67%.

En resumen: el trabajador estadounidense cobra casi ocho veces menos de lo que debería cobrar. (N.de la E.: en Europa, existe la misma tendencia, por ejemplo entre 1999 y 2017 la productividad ha aumentado casi un 20%, mientras que los salarios apenas lo han hecho un 10%. Cada año se produce un 1,2% más, pero sólo se gana un 0,7% más, con grandes diferencias entre los países).

Esta represión salarial ha sido posible, en buena parte, porque Estados Unidos es, con mucho, el país económicamente desarrollado que menos protecciones sociales ofrece a sus ciudadanos. Esto hace que la perspectiva del paro –y, por tanto, de la pobreza– sea aún más amenazante que en el resto de países desarrollados: entre otras razones, porque la ausencia de un sistema de sanidad universal implica que los pacientes pueden llegar a pagar decenas o cientos de miles de dólares por un tratamiento que en Europa sería gratuito. Por malas que fueran las condiciones laborales, y lo bajo del sueldo: dejar el trabajo ha sido durante décadas poco menos que un salto al vacío para muchos trabajadores estadounidenses.

Pero si bien la balanza se había decantado durante décadas del lado del empresario, la pandemia le ha reorientado –por primera vez en la vida de muchos– a favor del trabajador. En un contexto insólito de escasez de mano de obra, ahora son los empresarios quienes necesitan contratar, más que necesitan ser contratados los trabajadores, que disponen de una gran variedad de ofertas de trabajo donde elegir y remover (en lugar de tener que conformarse con la primera que encuentren). La economía estadounidense asiste, pues, a un proceso histórico de empoderamiento de los trabajadores, que nunca habían podido exigir unas mejoras laborales. Esto explica, paralelamente, por qué las dimisiones han sido mucho más predominantes en los sectores peor pagados como la restauración o el transporte: si los trabajadores no se encuentran en posición de exigir mejoras laborales, pueden simplemente renunciar y buscar un trabajo equivalente mejor pagado. En otros sectores mejor pagados y de mayor densidad salarial, en cambio, han proliferado más las huelgas que las dimisiones (un fenómeno que los medios han denominado “Striketober” (octubre de las huelgas).

Del modo que sea, la conclusión es clara: hay «un nuevo espíritu militante entre los trabajadores estadounidenses», en palabras del presentador de un clip viral emitido en la cadena televisiva ABC News. «Los trabajadores quieren más y están dispuestos a entrar en huelga, si es necesario, para conseguirlo», añade el presentador. Y es que “por primera vez en mucho, mucho tiempo” son ellos, y no los empresarios, “quienes tienen la sartén por el mango”. Mientras tanto, las empresas si quieren sortear la crisis, pueden ofrecer mejores salarios y condiciones laborales. Al fin y al cabo, el equilibrio de precios entre la oferta y la demanda no es nada que no se enseñe en las clases introductorias de economía.