ESPAÑA: Una década después del 15-M

¿Qué queda del 15-M?

fotos | Público


Como un círculo que se cierra, ahora sí, Pablo Iglesias deja la política diez años después de que los ‘indignados’ llenaran plazas y calles, y en medio de una crisis económica profunda


VILAWEB


La gran recesión de 2008 había llevado el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero a aprobar la subida de impuestos y el recorte de inversión pública más drásticos de la historia de España. Una combinación hiriente para el Estado del bienestar, que hacía aguas por todas partes. La tasa de desempleo juvenil era del 43%. La deuda pública española había pasado del 36% al 60% del PIB en tan sólo tres años. (N.de la E.: 2020 cerró con la deuda pública española situada en el 117,1% del PIB, un máximo en 118 años). Y el rescate bancario se abría como un acantilado. Este era el paisaje, entonces. (N.de la E.: desde 2009 se inyectaron más de 66.000 millones de euros de dinero público a los bancos españoles, el 8% del PIB; sólo se ha recuperado un 10% y el 73% se da por perdido).

En 2004, no hacía tanto, la victoria por sorpresa de Zapatero había sido un soplo para buena parte de la izquierda que ahora, en cambio, se sentía decepcionada. El PSOE era visto como el brazo ejecutor de la política de austeridad de Bruselas que limpiaba los bolsillos de los ciudadanos para rescatar a los bancos, considerados a su vez responsables de la crisis. La confianza en la política languidecía hasta el vacío, y la calle estalló.

El 15 de mayo de 2011, una multitud convocada por «Democracia Real Ya», una plataforma creada expresamente, salió a las calles en Barcelona, ​​Valencia y Palma y una cincuentena de ciudades de España, en contra de la clase política, contra la corrupción, contra la gestión de la crisis.

Resistieron acampados en las calles, el paso de los días y tomaron el nombre, «indignados», del título de un libro de Stéphane Hessel, uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En Barcelona, ​​el bastión más multitudinario junto con Madrid, los indignados hicieron un programa de mínimos en el que proponían un paquete de medidas contra la crisis: revertir los recortes, auditar la deuda pública, derogar la reforma laboral, crear una banca pública y aprobar la dación en pago de las hipotecas.

No eran las únicas propuestas. Había más: la despolitización del poder judicial español, la desmilitarización de la Guardia Civil, la supresión de los antidisturbios y un referéndum sobre la monarquía. La defensa del derecho de autodeterminación de los pueblos tardó dos semanas, tres debates y dos votaciones en ser incluida en el manifiesto de mínimos, a raíz de la fuerte oposición de un grupo minoritario en la asamblea de la plaza de Cataluña de Barcelona. El movimiento no se consideraba «apolítico», porque concretaba propuestas alternativas, pero sí que se llamaba «apartidista», precisamente por el componente de revuelta contra los dirigentes de todo el espectro. De hecho, en las más de doscientas asociaciones que se adhirieron a «Democracia Real Ya» no se permitió la entrada de ningún partido para evitar que nadie se apoderara del contenido de la protesta.

Y este apartidismo no era solamente nominal. Era, en cierto modo, una reformulación del eje ideológico. Eslóganes como «los de abajo contra los de arriba» o «lo llaman democracia y no lo es», muy clamados entonces, dibujaban el programa del movimiento: una reforma del sistema democrático más ética que política, un fenómeno que el antropólogo Manuel Delgado llamó «ciudadanismo», o «radicalismo democrático».

De la asamblea a la organización: Podemos nace «contra la casta»

En junio de 2011, con la protesta aún viva, el apoyo al movimiento era muy alto. Según los sondeos, el 79% de los ciudadanos del Estado español consideraban que los indignados tenían razón, y buena parte de esta transversalidad se debía a esta reformulación: de abajo hacia arriba, más allá de izquierda y derecha. Pero el ciclo electoral que justamente se abría en esas fechas, apenas lo notó. Si bien en las elecciones municipales del 22 de mayo, los socialistas españoles perdieron un 19,1% de los votos, que se transfirió casi directamente a Izquierda Unida, quien se llevó la victoria fue igualmente el Partido Popular, que en noviembre obtuvo una mayoría absoluta aplastante en las elecciones españolas y Mariano Rajoy alcanzó la presidencia.

Una de las razones era este apartidismo fundacional del 15-M: el tiempo pasaba y habían nacido y revivido asociaciones que estiraban el hilo de las reivindicaciones concretas. La plataforma Marea Blanca para defender la sanidad pública; el colectivo Cerramos los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros) ; la plataforma xnet por los derechos digitales -que ya existía y recibió un empuje-; los Yayoflautas (abuelos jubilados que protestaban) por las pensiones. Asociaciones, plataformas, pero ningún partido. La cosa cambió con las elecciones europeas de 2014, tres años después, que se presentaban como una opción para responder a la austeridad impuesta por Bruselas los años anteriores. Entonces llegó el momento: el Teatro del Barrio, una pequeña sala cooperativa en el barrio madrileño de Lavapiés fundada por unos ‘indignados’ que querían un lugar donde continuar las asambleas una vez disueltas las acampadas, un grupo de profesores universitarios y activistas fundaron Podemos .

La iniciativa, que rechazaba describirse como partido político, se nutría tan directamente del espíritu del 15-M que incluso lo incluyó en el título de su manifiesto: «Mover ficha: convertir la indignación en cambio político «. Rechazaba, de entrada, el viejo eje izquierda-derecha y recuperaba la lucha «de los de abajo contra los de arriba» para combatir «la casta». «Movimientos de indignación política como el 15-M -decía su manifiesto- conectaron con una clara voluntad popular: no sacrificar más derechos al altar de unos mercados guiados por la especulación y la rapiña.» El grupo, encabezado por el profesor Pablo Iglesias, que se había hecho un nombre en las tertulias mediáticas madrileñas y más tarde, en la cadena de televisión La Sexta, proponía la creación de un espacio político porque «las demandas de la mayoría social que ya no se reconoce en esta Unión Europea ni en un régimen corrupto sin regeneración posible, pasaran de las plazas a los escaños». Y la primera parada era Estrasburgo (el Parlamento Europeo).

La iniciativa triunfó enseguida. En las elecciones europeas, marcadas por un fuerte descenso del PP y el PSOE, Podemos obtuvo cinco escaños, con Pablo Iglesias, Teresa Rodríguez (profesora andaluza, militante de Izquierda Anticapitalista, grupo que concurrió con Podemos a las elecciones europeas; fue secretaria general de Podemos Andalucía con un apoyo de las bases superior al 75% en 2016; en 2020 Iglesias se deshizo de todo el sector proveniente de Izquierda Anticapitalista, con lo cual Podemos perdió 8 diputados en el parlamento andaluz) y Carlos Jiménez Villarejo (ex fiscal anticorrupión cesado durante la presidencia de Aznar, conocido por su lucha contra los paraísos fiscales y el lavado de dinero) en los tres primeros lugares. En las municipales de un año más tarde, las candidaturas que se habían creado al abrigo del movimiento lograron las alcaldías de varias grandes ciudades, como Barcelona; y en las autonómicas, Podemos fue la pieza clave para echar al PP de unos cuantos gobiernos. En los años siguientes, Podemos se expandió por el territorio a base de sellar coaliciones con Més per Mallorca, Anova-Irmandade Nacionalista (Renueva- Hermanadad Nacionalista, de Galicia) , Compromís (coalición formada por Bloc Nacionalista Valencià; Iniciativa del Poble Valencià; Esquerra Ecologista-Verds, de Valencia) o Izquierda Castellana. Y en las elecciones españolas de 2016, obtuvieron 71 escaños, y el PSOE quedó en mínimos históricos.

Un objetivo inconcluso

Pero algo se rompió. El partido está, finalmente, en el gobierno español, pero la maniobra no ha salido gratis. Las grandes demandas de los primeros años han sido rápidamente desmenuzadas a raíz del pacto con el PSOE, el mismo partido contra el que también nacieron los ‘indignados’. La entrada de Podemos al gobierno, ya hace un año y medio, no ha traído la derogación de la reforma laboral, ni de la ley ‘mordaza’, ni la regulación del precio de los alquileres, que ha sido fuente de discusiones continuas con los socialistas. La auditoría de la deuda y la creación de una banca pública también han sido objetivos barridos o devaluados. La situación de Podemos es bien incómoda: si en una coalición de gobierno con los socialistas los objetivos no se alcanzan, ¿qué falla? Y una mayoría absoluta del partido parece tan improbable como antes.


El debilitamiento, además, no es solamente programático. Es estructural. El núcleo fundador del partido se ha desintegrado, hasta se escindió Íñigo Errejón, antigua mano derecha de Iglesias, creando el partido Más País; y el arraigo del partido en la periferia peninsular ha sido un proceso sistemáticamente problemático. Las tensiones internas y un puñado de desavenencias de las direcciones de todo el Estado español con Iglesias, han sembrado un mosaico de nombres, filiales y coaliciones que, en la mayor parte de parlamentos autonómicos ha condenado a Podemos y sus satélites a la marginalidad .

Los ayuntamientos del cambio han sido desmantelados, en Cataluña y en Valencia ha habido bailes de siglas y una serie de crisis internas; en Galicia ya es una fuerza extraparlamentaria; en el País Vasco, minoritaria, y en el resto del Estado español generalmente residual.

¿Qué queda de los indignados?

El derrumbe del partido es muy acentuado en pocos años. En una entrevista reciente en el diario español El Mundo, tres de los portavoces más destacados del movimiento de los ‘indignados’ declaraban: «Creíamos que Podemos duraría veinte años, y en cinco ya ha sido liquidado.» De ser el partido referente en España de la izquierda alternativa, con un gran apoyo, ha pasado casi a desaparecer en Galicia y en el País Vasco, y en Cataluña ha quedado con un 6,77% de los votos, por detrás de la CUP (Candidatura de Unidad Popular). No tiene representación en el Ayuntamiento de Valencia y el último gran bastión que conserva es Barcelona -aunque no ganaron las elecciones- gracias al apoyo de Manuel Valls (el ex primer ministro de Francia que creó un partido liberal conservador para presentarse a las elecciones municipales de Barcelona) . Los recientes resultados en la comunidad de Madrid, donde ha sido quinta fuerza a pesar de la candidatura de Pablo Iglesias mismo -que dejó el puesto de vicepresidente del gobierno español-, ha sido una última estocada que ha dejado un partido totalmente integrado en el sistema y con una fuerza moderada.

El partido, en coalición estable con Izquierda Unida (IU), ya ocupa el espacio de esta formación con un discurso contrapuesto a la derecha, pero sin proponer una enmienda a la totalidad del sistema y al régimen del 78, cuando años atrás planteaba derribar el régimen de la transición. El mejor resultado de IU había sido del 10,54% en 1996, y en las últimas elecciones generales del 10 de noviembre de 2019, en coalición con Podemos, quedaron con un 12,86% de los votos. El derrumbe de Podemos ha impulsado el retorno de las fuerzas de cambio independentistas y soberanistas, ERC (Cataluña), Compromís (Valencia), EH Bildu (Euskadi) y la CUP (Cataluña) obtienen mejores resultados que nunca. El BNG, después de ser casi residual, superó los socialistas y es el referente en Galicia. En esta misma línea, Más Madrid ha tomado fuerza, como se ha visto en las elecciones de esta semana; y han salido formaciones como Teruel Existe, Unión del Pueblo Leonés, o Para Ávila.

Iglesias deja la política en un momento de resurgimiento de la derecha «trumpista», según sus propias palabras, y en medio de una nueva profunda crisis económica. Las reformas de ajuste dictaminadas, nuevamente, por Europa, que la socialista Nadia Calviño (ministra de Economía y vicepresidenta segunda del gobierno de Sánchez) ha conseguido aplazar hasta 2022, se ciernen como la sombra de un águila encima de un espacio que nació, precisamente, con una sazón muy parecida. Si empieza otro círculo, no tardará en crecer.