OPERACIÓN DELIRIUM: Un experimento secreto ilegal del Ejército de EEUU con sus propios soldados

En 2017, después de una batalla de casi una década, el Tribunal de Distrito de EEUU para el Distrito Norte de California ordenó al Ejército estadounidense que brindara atención médica a los supervivientes de los experimentos realizados en las instalaciones militares de Arsenal Edgewood entre 1948 y 1975. En 2018 el primer veterano de las pruebas pudo solicitar asistencia médica, pero ningún tipo de compensación. El Ejército tiene reconocida inmunidad aunque los experimentos realizados bajo el engañoso título de «Programa de Voluntarios para Investigación Médica» fueron absolutamente ilegales porque violaban el Código de Nuremberg, un código internacional de ética para la investigación con seres humanos, surgido en 1947, en respuesta a las atrocidades cometidas por los nazis. Es muy apropiado hablar precisamente de este Código porque las aberraciones cometidas en Arsenal Edgewood comienzan cuando EEUU se lleva de la vencida Alemania del Tercer Reich, las fórmulas de los gases venenosos desarrollados por los nazis y también a los científicos que los crearon.

Operación Delirium

FUENTES: THE NEW YORKER RANKER.COM

El coronel James S. Ketchum (1931-2019), psiquiatra de profesión, sirvió en el Ejército estadounidense entre 1956 y 1976 y se convirtió en el máximo experto de un experimento secreto con productos tóxicos llevado a cabo por EEUU con sus propios soldados.

Los militares estadounidenses pretendían que los experimentos les permitieran encontrar una manera química de provocar «un malfuncionamiento selectivo de la máquina humana». Para lograr ese objetivo Ketchum probó venenos y drogas en una cifra de entre 5000 y 7000 soldados estadounidenses, en una instalación militar llamada Arsenal Edgewood, en la bahía de Chesapeake situada en el Atlántico, en la costa este de EEUU. Edgewood fue construido urgentemente durante la I Guerra Mundial cuando en Europa se utilizó gas mostaza y de cloro, y EEUU creó su propio programa de guerra química.

En 2006 Ketchum autopublicó sus memorias tituladas «La Guerra Química: Secretos casi Olvidados» (Chemical Warfare: Secrets Almost Forgotten) reivindicando sus experimentos y afirmando entre otros disparates «que eran necesarios para la ciencia», aunque a esas alturas del siglo XXI se sabía sobradamente que ese tipo de experimentos además de ilegales y crueles, son totalmente innecesarios, y no sirven para nada. Ni siquiera para ganar sus guerras, como pretendían los militares estadounidenses.

Al año siguiente de la desvergonzada reivindación de Ketchum, los supervivientes de tales barbaridades pusieron una demanda colectiva contra su propio gobierno.

Los nombres de las drogas y tóxicos empleados en los experimentos eran secretos, se conocían por códigos puestos por el ejército. A los soldados nunca se les decía lo que les daban o cuales podrían ser los efectos específicos, y el ejército no se preocupó de hacer un seguimiento médico de los sujetos que habían participado en los experimentos.

Los tóxicos incluían desde gases lacrimógenos y LSD, a agentes altamente letales para el sistema nervioso tales como el VX, una substancia desarrollada en el propio centro de Edgewood, que más tarde intentó fabricar Saddam Hussein. El nombre «VX» es el nombre en código militar, y no se refiere a sus compuestos químicos. Está clasificado como «arma de destrucción masiva» por las Naciones Unidas y su producción y almacenamiento fue prohibida por la Convención de Armas Químicas de 1993. El VX cuando se aplica a la piel, es cien veces más mortal que el sarín.

Gases nazis y científicos del Tercer Reich trasladados a EEUU

Después de la segunda guerra mundial surgieron armas químicas mucho más letales que la mostaza o el cloro.

Los nazis habían desarrollado tres gases: tabun, somán y sarín. EEUU consiguió las fórmulas y hasta algunos de los científicos nazis que las habían desarrollado, y llevó todo al centro Edgewood.

El tabún fue desarrollado originalmente como pesticida en Alemania en 1936.Es extremadamente tóxico, interfiere con el funcionamiento del sistema nervioso y es considerado por la ONU como arma de destrucción masiva. El somán fue descubierto por Richard Kuhn en Alemania en 1944, mientras trabajaba para el ejército alemán con el tabún y el sarín. Es más letal y más denso que el gas sarín y que el tabun. Richard Kuhn (1900-1967), nacido en Viena, fue un premio nobel de Química (1938) que colaboró activamente con el nazimo, investigando junto a los químicos del Tercer Reich, y denunciando a sus colegas judíos. A pesar de esta oscura trayectoria, la Unión Astronómica Internacional, lo premió poniendo su nombre a un cráter lunar, ¡en 2008! cuando nadie podía alegar desconocimiento de su pasado nazi.

El Ejército estadounidense decidió fabricar sarín, un gas 25 veces más letal que el cianuro y que fácilmente se puede convertir en un aerosol.

Su manejo resultaba casi imposible sin que hubiera víctimas: en un año siete técnicos sufrieron una exposición accidental y necesitaron tratamiento inmediato. El vapor que se liberaba al aire después de las prueba, mataba a todos los pájaros que sobrevolaban los conductos de ventilación, y tenían que retirar las aves muertas.

El centro de Edgewood contrató a la Universidad Johns Hopkins para que hiciera experimentos con el gas sarín fabricado en sus instalaciones. Los investigadores administraron agua mezclada con sarín a personas sanas durante tres días, los cuales sufrieron serios envenenamientos.

Operación Delirium: la guerra psicoquímica

Los primeros experimentos, al parecer estaban destinados a lograr antídotos, pero pronto los experimentadores se fijaron en los efectos sobre la mente que tenían los productos químicos. Observaron que las personas sujetas a estos experimentos se sentían primero mareados y después intensamente ansiosos; algunos tenían pesadillas, o no podían dormir normalmente, y finalmente se deprimían. Un estudio secreto realizado en 1948 sobre los técnicos envenenados accidentalmente en Edgewood al manipular los tóxicos, decía que “una característica notable de estos casos parecen ser las reacciones psicológicas”, y los autores del estudio señalaban que no estaban seguros de cómo reaccionarían “jóvenes sin experiencia o conocimiento”.

Un oficial superior de Edgewood observó que las personas expuestas a tabun muy diluido “quedaban parcialmente incapacitadas por una a tres semanas, con fatiga, una pérdida total de interés e iniciativa, debilidad y apatía”.

Uno de los soldados a los cuales se le aplicó VX, explicó: «Un oficial dibujaba un pequeño círculo en el brazo, y entonces un médico con una jeringa dejaba caer una gotita del líquido». A continuación oyó que otras personas gemían, otros maldecían, y él se sintió disociado del ambiente: había una radio en la habitación pero él no entendía el sentido de las palabras que oía, y cuando le dieron de comer, no sabía cómo usar los cubiertos. Más tarde sintió una enorme oleada de dolor, fisico y mental «como si estuvieran atornillando cada punta de un nervio».

Era la guerra psicoquímica que buscaban los oficiales de Edgewood. El general al mando del Servicio Químico de Guerra del Ejército destacaba “la humanidad y efectividad” de las armas químicas: «matan rápidamente, y dejan intacta la infraestructura». Pero L. Wilson Green, director científico de Edgewood, quería conseguir algo más : “Los síntomas que se consideran importantes en operaciones estratégicas y tácticas son: ataques convulsivos, miedo, pánico, histeria, alucinaciones, migrañas, delirio, depresión extrema, sentimientos de pérdida de la esperanza, falta de iniciativa aun para las cosas más sencillas, síndrome maniático de suicidio”.En las llamadas pruebas de «ruptura del hombre», los investigadores diseñaron actividades para ver «cuánto tiempo se tardaba en quebrar a un hombre en cuerpo y espíritu».

A mediados de los años cincuenta, se aprobó formalmente la investigación clínica para la guerra psicoquímica, y se dio permiso para reclutar soldados en todo el país para los experimentos.

Se organizó un programa que se llamó Programa de Voluntarios para la Investigación Médica. En el centro Edgewood se empezaron a analizar cientos de químicos para su posible aplicación, muchos de los cuales provenían de la industria farmacéutica. “Las características que estamos buscando en estos productos son exactamente las opuestas a las que las empresas farmacéuticas desean de los medicamentos, es decir buscamos los efectos secundarios no deseados”, señalaron los responsables.

Empezando en 1959, se experimentó agresivamente con fencyclidina, un anestésico que Parke, Davis&Co había comercializado pero que abandonó porque los pacientes tenían alucinaciones y delirios. Los médicos de Edgewood lo probaron en aerosol y lo dieron de manera oculta a los soldados. Uno de los participantes que la semana anterior había sido expuesto a gas sarín, recibió un vaso de whisky mezclado con 20 miligramos de fencyclidina. Un médico apuntó que se observaba “una reacción maniática y mucha hostilidad», luego el soldado «se desvaneció y empezó a respirar con un patrón asociado a trauma neurológico o estrés cardiaco». A Ketchum le advirtieron sus colaboradores que otro sujeto había terminado en el hospital durante seis semanas: “Tuvo una reacción paranoica que persistió aún después de que la droga desapareciera”.

En octubre de 1960, Ketchum fue a visitar una parte más aislada dentro del complejo de Edgewood en donde le explicaron que estaban testando la droga EA2277. No le explicaron qué tipo de químico era, ni él preguntó pues pensó que era un secreto. Entró con los médicos que llevaban el experimento a una especie de sala hospitalaria y se acercaron a una cama en donde un soldado en estado de delirio luchaba repetitivamente para meter una almohada en una funda. Más tarde le explicaron que EA2277 era benzoato de 3-quinoclidinilo o BZ, un producto farmacéutico que se había desarrollado para tratar úlceras pero que tuvo que ser descartado por inadecuado, ya que cantidades infinitésimas pueden producir un desorden mental total.

Con frecuencia daban LSD a personas sin advertirles. Uno de los investigadores médicos apellidado Sim, llegó a añadir LSD al café del desayuno; mezcló LSD con bebidas alcohólicas en una fiesta y lo vertió en los depósitos de agua de un barracón de soldados. Algunos soldados parecían no experimentar consecuencias, otros se volvían locos.

De acuerdo a los archivos, “un participante en 1957 manifestó euforia seguida de una depresión severa, ansiedad, pánico y una sensación de que iba a morir». Las autoridades militares conscientes de las barbaridades que hacía Sim durante los experimentos, decidieron trasladarlo. En su lugar nombraron al Coronel Linsey, más capaz pero no menos peligroso.

El Ejército quería saber hasta qué grado un “agente discapacitador” podía incapacitar, y como se podrían hacer reversibles sus efectos. Ketchum aceptó este reto y decidió hacer los ensayos clínicos, llegando a ser el arquitecto de la debilitación mental. Y disfrutaba de su trabajo.

Ketchum se encargó del experimento con BZ, una droga que le fascinaba. Los soldados expuestos a la droga manifestaban síntomas tales como balbucear palabras, recoger obsesivamente objetos reales o imaginarios, tenían visiones, se les aparecían y desaparecían personas, animales y objetos. Los efectos de la droga duraban varios días, y después sólo recordaban fragmentos de la experiencia y a medida que iban saliendo de la droga experimentaban ansiedad, agresión, incluso terror y tenían problemas para discernir lo que era real de lo imaginario. Ketchum construyó celdas acolchadas para recluir a los soldados, durante su fase de agresividad y cuando se daban golpes contra la pared, pero a veces era imposible contener a todos los soldados.

A principios de la década de los sesenta, Lindsey era entonces el principal jefe médico y había perdido su fe en el Programa de Voluntarios para Investigación Médica. A Malcom Bower, un oficial médico de Edgewood, que después sería profesor en la Universidad de Yale, le confesó: “Estos soldados realmente no han sido informados en lo más mínimo”.

Se sabía muy poco sobre los efectos a largo plazo de los experimentos, y sin embargo a los voluntarios, después de estar en Edgewood, se les devolvía sin más a otras unidades del ejército, sin ningún seguimiento médico.

Bowers recuerda en su libro de memorias “Hombres y Venenos» (Men and Poisons) que Lindsey se preguntaba si la falta de seguimiento clínico se debía a que el Ejército temía que al hacer el seguimiento se pudieran llegar a conocer los efectos secundarios que se manifestarían más adelante. Le respondieron que la explicación era más sencilla: no había dinero para hacer un seguimiento médico.

Experimentos prohibidos por el Código de Nuremberg

Los médicos de Edgewood no podían desconocer la condena a los experimentos que hicieron los científicos nazis, y que a raíz de ellos se estableció el Código de Nuremberg que instauró el marco ético para los experimentos médicos, y estaba incorporado al Ejército.

El código establece muy claramente que: “Es absolutamente esencial obtener el consentimiento voluntario del sujeto humano. El consentimiento debe reflejar una “decisión informada”, que resulta de un entendimiento verdadero de los riesgos médicos de la prueba. Aún más, los experimentos en humanos deben ser precedidos por estudios en animales, y realizados en una búsqueda de un bien social superior, sin que los riesgos nunca sean mayores que “la importancia humanitaria del problema”.

Durante décadas Ketchum había negado que se engañara a los soldados para que participaran en los ensayos clínicos. En su libro niega que se tratara de «soldados ingenuos engañados por la propaganda del Ejército», ni «soldados con poca capacidad mental para decidir correctamente», ni «personas ignorantes que no sabían lo que les iba a pasar» Según él no había ningún problema en reclutar voluntarios, pero en realidad el Programa de Voluntarios para Investigación Médica tuvo en sus inicios dificultades para reclutar soldados. Los reclutadores entonces recorrieron los cuarteles de todo el país y algunos oficiales hicieron obligatoria la asistencia a las sesiones de reclutamiento. Testimonios de soldados que estuvieron presentes durante las sesiones de reclutamiento, explican que no estaban seguros de lo que les estaban pidiendo que hicieran. Varios dijeron que los reclutadores exponían el Programa usando términos ambiguos, como «estudios de conducta humana», o «probar equipos», o «investigación médica«. Se ofrecían también incentivos, como pasar tiempo cerca de las grandes ciudades de la Costa Este del país (Atlanta, Filadelfia, Washington; Nueva York, Boston; Miami) y permisos de tres días durante los fines de semana para pasear por las ciudades; un pago adicional a su salario y una carta de recomendación en su expediente. Al principio se los reclutaba por un mes, y luego por dos meses. En los años sesenta los soldados tenían un incentivo muy fuerte: disminuir el tiempo de servicio en Vietnam. Cabe recordar que sólo desde 1973, el servicio militar es totalmente voluntario en EEUU.

Una vez que los soldados llegaban a Edgewood, se les hacía un examen médico y psicológico, y se distribuían en cuatro grupos. A los que quedaban clasificados entre el 25% de los mejores, se los preparaba para los químicos más peligrosos. Los médicos daban una información general a los voluntarios y les pedían que firmaran una forma de consentimiento, generalmente antes de que se anunciara un ensayo clínico específico. A veces los investigadores dijeron a los soldados que estaban tomando sustancias similares a la aspirina

Las fórmulas de consentimiento estaban diseñadas para dar pocos detalles; y se corregían las versiones que se les daba, reemplazando “desórdenes mentales y quedarse inconsciente” por “incomodidad” o “ansiedad”.

El Dr. Sim más adelante confesó que cuando se probaba gas neurotóxico se decía a los voluntarios que la droga podría causarles un “moqueo nasal” o una “ligera presión en el pecho”. En 1961, un voluntario al que se le dio soman, cuando ya le estaban inyectando la droga oyó que los médicos comentaban entre ellos que era algo letal. Este soldado contó : “Empecé a tener convulsiones y a vomitar. Una de las personas que estaba junto a mí dijo: ‘te hemos dado un poco demasiado.’ Me dijeron que saliera y tomara el aire. Me entró pánico y pensé que me iba a morir”. El sujeto quedó rígido y tuvieron que trasladarlo de urgencia al Walter Reed Hospital. Durante muchos años sufrió insomnio y depresión.

BZ : el arma química deseada por el Ejército de EEUU

Al principio de los sesenta, el Ejército de EEUU estaba promoviendo un programa a toda velocidad para convertir el BZ en un arma que se pudiera utilizar. Los experimentos ya les habían demostrado que la droga podía paralizar a todo un escuadrón, pero en una guerra el agente químico debe ser aplicado en aerosol, y las aplicaciones de aerosol son difíciles de controlar, incluso en los ensayos clínicos. A medida que se hacían ensayos con BZ se veía que podría ser más peligroso que lo previsto. Según un informe de la Comisión de Ciudadanos por los Derechos Humanos, BZ era «100 veces más poderoso que el LSD», y producía alucinaciones que podían durar días

En 1962, a Walter Payne, un reservista de Arkansas se le instruyó que inhalara en el túnel de viento una nube de BZ. Tres horas después, quedó totalmente inconsciente. Un médico que lo examinó anotó que “exhibía signos de rigidez descerebrada con hiperextensión de la espalda, el cuello y las extremidades, acompañado por sacudidas irregulares de las extremidades”, un cuadro similar a haber sufrido “un traumatismo grave en la cabeza, y un severo daño cerebral”. Al soldado Payne se le trató con un antídoto, se le examinó 26 días después, dictaminando que las pruebas resultaron “normales para su edad”, y lo despidieron de Edgewood, sin que se programara ningún seguimiento médico.

En 1963, otro voluntario acabó en estado crítico después de respirar BZ en un túnel de viento, su temperatura se disparó a 41,4 grados y su cabeza empezó a temblar espásticamente. Le pasaron una esponja con hielo y alcohol, y le dieron antídotos. A los seis días los médicos le dieron de alta, indicando “que parecía bastante normal”.

Uno de los médicos que trabajó en Edgwood dijo que los experimentos en humanos de Ketchum eran de una gran incompetencia. “No había nadie capacitado. “Y el hecho de que se les permitiera (a los médicos) hacer los experimentos con gente que no sabía lo que les iba a pasar era muy, muy, escalofriante. No había la mínima dignidad humana. No había moralidad». Cuando Ketchum quiso organizar una prueba de campo con una versión de BZ, cuatro médicos escribieron manifestando su desacuerdo, pero no se los tuvo en cuenta. La nueva versión llamada EA 3834, causaba hematuria microscópica (pérdida de cantidades invisibles de sangre en la orina) y otros problemas renales. A un soldado hubo que mandarlo al Hospital Walter Reed.

George Leib, un psiquiatra que trabajaba en la oficina de presupuestos del centro había llegado a la conclusión de que todos estos experimentos extravagantes y de diseño cuestionable, se financiaban solamente para mantener el programa funcionando. El Dr. Leib, cuya oficina estaba frente a la enfermería de atención tóxica, estaba seguro de que las historias clínicas se manipulaban para cubrir los casos problemáticos. Leib relató el caso de un voluntario que acababa de salir de un experimento de 48 horas sin problemas, pero al salir de permiso perdió el control del coche que conducía y murió.

A pesar de que los experimentos demostraban ser altamente peligrosos, entre 1968 y 1974, 156 soldados recibieron EA 3834, una de las nuevas versiones de BZ.

Las protestas contra la guerra de Vietnam logran el cierre de Edgewood

Manifestantes contra las pruebas de armas químicas frente a Arsenal Edgewood en 1970

En 1975, el Programa de Voluntarios para la Investigación estaba envuelto en un escándalo. En 1969 empezaron las protestas contra la guerra de Vietnam delante de la entrada de Edgewood, y éstas facilitaron que la insubordinación de los médicos se convirtiera en visibles actos de rebelión. Los médicos filtraron a la prensa detalles sobre la investigación; algunos incluso la criticaron abiertamente. Un médico dijo que había llegado a creer que en muchos casos no se habían hecho suficientes ensayos con animales, y temía que estaba violando el juramento Hipocrático, y que quería un traslado, aunque tuviera que ir a Vietnam. Dos años después Ketchum renunciaba a su cargo y abandonó Edgewood. Y el Dr. Sim volvió a dirigir los experimentos.

Los antiguos sujetos de los experimentos protestaron por el mal trato que les habían dado y el Congreso convocó al Dr. Sim para que compareciera. Cuando le preguntaron por qué no se hacía seguimiento médico a los voluntarios, no tuvo mucho que contestar. Los legisladores y los inspectores del Ejército llegaron a Edgewood y dieron solamente unas horas para que los voluntarios que quedaban se marcharan. Los laboratorios de investigación médica se cerraron y se llevaron todos los documentos a archivos externos.

Cuando la prensa entrevistó al Dr. Sim le hicieron preguntas sobre los efectos secundarios que habían ocurrido, y respondió que «no había habido ningún caso grave».

El Ejército empezó una investigación y concluyó que en el sistema de reclutamiento «posiblemente existió coerción” y que en cuanto al consentimiento informado, los médicos de Edgewood habían sido selectivos en lo que decían a los voluntarios.

Los efectos permanentes sobre la salud que causaron los experimentos fueron difíciles de conocer. Las historias clínicas estaban desorganizadas o incompletas, y no se habían recogido suficientes datos.

En 1980 el Ejército publicó un estudio que afirmaba que el 16% de los voluntarios que habían recibido LSD había sufrido síntomas psicológicos después de los ensayos.

Entre los síntomas se incluía recuerdos recurrentes de hechos dramáticos (flashbacks), depresiones e ideas suicidas, que estaban asociados a la administración de la droga. Un estudio posterior encontró que un número significativo de sujetos habían estado hospitalizados por desórdenes del sistema nervioso o de los órganos sensoriales.

En 1985, la Academia Nacional de las Ciencias terminó un estudio de los efectos de drogas tipo BZ y gases neurotóxicos. Debido a las limitaciones del presupuesto, el estudio sólo pudo examinar las historias clínicas de un número pequeño de los soldados expuestos a esos agentes en Edgewood. La muestra fue seleccionada por el Ejército, y era tan pequeña que no tenía mucho valor. La Academia envió un cuestionario a todos los voluntarios que pudo encontrar y que habían participado en los ensayos en Edgewood. Para entonces algunos ya habían muerto, a otros no se les pudo contactar, y otros decidieron no contestar, por lo cual no se pudo saber nada del 40% de los que habían participado en los ensayos.
Los investigadores concluyeron: “No se sabe si los sujetos de Edgewood sufrieron cambios en su salud y hasta qué punto sus efectos se manifiestan ahora”.

La Justicia concede inmunidad al Ejército

Mientras se realizaba ese estudio, media docena de voluntarios llevaron a juicio al Gobierno, pero sus casos fueron rechazados porque un precedente de la Corte Suprema, conocido como la Doctrina Feres, concedió inmunidad al Ejército por los daños que los soldados sufran durante el servicio que prestan en el Ejército.

Durante un tiempo ningún otro soldado reclamó daños. Muchos soldados afirmaron que al salir de Edgewood se les instruyó para que juraran mantener en secreto las actividades que habían observado en Edgewood, y algunos cumplieron con ello.

Pero en los años noventa, el Departamento Defensa dejó sin efecto ese tipo de juramentos, y la llegada de internet facilitó que los antiguos voluntarios de los experimentos se fueran reencontrando a través la red.

«Experimentos diabólicos»

Unos años después, dos ex voluntarios recogieron gran cantidad de documentos sobre los ensayos en Edgewood y los enviaron a un bufete de abogados en San Francisco (Morrison&Foerester), que decidió tomar el caso. El bufete de abogados gastó millones de dólares en el litigio, en el que sería probablemente el juicio más costoso en el que trabajen gratuitamente. En un comunicado de prensa, Morrison & Foerster caracterizaron a los experimentos como “diabólicos”.

Para evitar que descalificaran las demanda por la inmunidad que tiene el Ejército, los abogados no presentaron cargos por daños. Los demandantes tenía cuatro objetivos: 1) obligar al Ejército a reconocer que los ensayos clínicos era ilegales; 2) informar a todos los sujetos que habían participado sobre los productos que se les había administrado; 3) explicar los efectos para la salud de las drogas que habían recibido; y 4) ofrecer cuidado médico cuando fuera necesario. El Ejercito es su respuesta a los demandantes afirmaba que la investigación no violaba los códigos éticos, y pedía que “se desestimara la demanda”.

John Ross, uno de los soldados a quien le dieron una sobredosis de un agente que afecta al sistema nervioso, ha intentado durante años convencer al Departamento de Asuntos de Veteranos que estuvo en Edgewood. Ahora sólo pide una disculpa oficial. Los sujetos de experimentación recibieron muchas drogas, algunas veces en combinación. Uno de los demandantes recibió un tratamiento que combinaba escopolamina y Proxilin (flufenazina) para conocer los efectos de la combinación. Durante el ensayo empezó a sentir temblores, y espasmos musculares semejantes a los síntomas del Parkinson. Después lo destinaron a Tailandia, donde trabajó con barriles de Agente Naranja. En 2004, ya de vuelta en los EEUU le diagnosticaron Parkinson. Como en el Ejército todo soldado expuesto al Agente Naranja, que manifieste síntomas de Parkinson tiene derecho recibir tratamiento, este demandante está recibiendo tratamiento.

En 2017, después de una batalla de casi una década, el Tribunal de Distrito de los Estados Unidos para el Distrito Norte de California ordenó al Ejército que brindara atención médica a las víctimas de las pruebas. En 2018 el primer veterano de las pruebas de Edgewood pudo solicitar asistencia médica.