GESTIÓN DE LA PANDEMIA: El mundo desarrollado oculta el éxito de los países menos ricos

Qué pueden enseñar los países en desarrollo a los países ricos sobre cómo responder a una pandemia

DRA. MARU MORMINA – DR. IFEANY M. NSOFOR / THE CONVERSATION

La Dra. Maru Mormina es investigadora principal y asesora de Ética de Desarrollo Global, en la Universidad de Oxford. El Dr. Ifeanyi M. Nsofor es Investigador principal del Programa del Atlántico para la Equidad en Salud, de la Universidad George Washington

Nueve meses después del inicio de la pandemia, Europa sigue siendo una de las regiones más afectadas por Covid-19. Diez de los veinte países con el mayor número de muertes por millón de personas son europeos. Los otros diez están en América. Esto incluye a Estados Unidos, que tienen el mayor número de casos y muertes confirmados en el mundo.

La mayor parte de África y Asia, por el contrario, parece que todavía se salva. De los países con muertes relacionadas con Covid-19, los diez con el menor número de muertes por millón se encuentran en estas dos partes de mundo. Pero el éxito en la gestión de la pandemia de gran parte del mundo en desarrollo sigue sin ser reconocido.

Por supuesto, una serie de factores pueden explicar los niveles más bajos de la enfermedad en el mundo en desarrollo: diferentes enfoques para registrar las muertes, el perfil demográfico joven de África, el mayor uso de espacios al aire libre, o posiblemente incluso los altos niveles de anticuerpos potencialmente protectores obtenidos de otras infecciones.

Pero la incertidumbre estadística y la biología favorable no son la historia completa. Es evidente que algunos países en desarrollo han mejorado su situación en responder antes y con más fuerza contra Covid-19. Muchos tienen el legado del SARS, MERS y ébola en la memoria institucional. A medida que los países industrializados han luchado contra la enfermedad, gran parte del mundo en desarrollo ha mostrado silenciosamente notables niveles de preparación y creatividad durante la pandemia. Sin embargo, el mundo desarrollado presta poca atención a lo que hacen y los resultados que obtienen.

Cuando se analizan las estrategias exitosas, son las experiencias de otras naciones desarrolladas -como Alemania y Nueva Zelanda- las que son citadas predominantemente por periodistas y políticos. Hay una aparente falta de voluntad de aprender de los países en desarrollo, un punto ciego que no reconoce que «sus» conocimientos locales pueden ser igual de relevantes para «nuestros» problemas del mundo desarrollado.

Dado que es probable que los brotes infecciosos se hagan más frecuentes en el mundo, esta actitud tiene que cambiar. Hay mucho que aprender de los países en desarrollo en cuanto a liderazgo, preparación e innovación. Pero la pregunta es: ¿qué impide a las naciones industrializadas prestar atención a las lecciones del mundo en desarrollo?

Dirigentes comprometidos

Cuando se trata de gestionar las enfermedades infecciosas, los países africanos muestran que la experiencia es el mejor maestro. El boletín semanal de la Organización Mundial de la Salud sobre brotes y otras emergencias mostró que a finales de septiembre, los países del África subsahariana se ocupaban de ciento dieciséis casos de enfermedades infecciosas en curso, ciento cuatro brotes y doce emergencias humanitarias.

Para las naciones africanas, el Covid-19 no es un problema único. Se gestiona además de la fiebre de Lassa, la fiebre amarilla, el cólera, el sarampión y muchas más enfermedades.

Y esta experiencia hace que estos países estén más alerta y dispuestos a desplegar sus escasos recursos para detener los brotes antes de que se generalicen. Su lema podría resumirse en: actuar con decisión, actuar juntos y actuar ahora. Cuando los recursos son limitados, la contención y la prevención son las mejores estrategias.

Esto es evidente en la forma en que los países africanos han respondido al Covid-19, desde el rápido cierre de las fronteras hasta la demostración de una fuerte voluntad política para combatir el virus. Mientras, por ejemplo, Gran Bretaña vacilaba y se dejaba llevar como un sonámbulo hacia la pandemia, Mauricio -la décima nación más densamente poblada del mundo- comenzó a examinar las llegadas a los aeropuertos y a poner en cuarentena a los visitantes de los países de alto riesgo. Esto fue dos meses antes de que se detectara su primer caso.

Y a los diez días de que se anunciara el primer caso en Nigeria, el 28 de febrero, el presidente Muhammadu Buhari ya había establecido un grupo de trabajo para dirigir la respuesta de contención de país y mantenerlo a él y al país informado al día sobre la enfermedad. Compare esto, por ejemplo, con el Reino Unido donde el primer caso fue el 31 de enero. Su plan de acción contra Covid-19 no fue revelado hasta principios de marzo. Y en el período intermedio se dice que el primer ministro, Boris Johnson, no asistió a cinco reuniones de emergencia sobre el virus.

Los dirigentes africanos también han mostrado un fuerte deseo de colaborar en la lucha contra el virus, una actitud heredera del brote de ébola en África occidental de 2013 a 2016. Aquella epidemia puso de relieve que las enfermedades infecciosas no respetan fronteras y llevó a la Unión Africana a crear los Centros de África para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC).

En abril, los CDC de África pusieron en marcha la asociación Partnership to Accelerate Covid-19 Testing para acelerar las pruebas de Covid-19. Y la asociación se esfuerza por aumentar la capacidad de realización de pruebas y formar y desplegar trabajadores sanitarios en todo el continente. Ya ha suministrado equipo de laboratorio y reactivos para pruebas a Nigeria, y ha hecho llegar trabajadores de salud pública del Cuerpo de Voluntarios de Salud de África a todo el continente para luchar contra la pandemia, aplicando los conocimientos adquiridos en la lucha contra el ébola.

La Unión Africana también ha establecido una plataforma continental para la adquisición de suministros médicos y de laboratorio: la Plataforma de Suministros Médicos para África (AMSP). Esta plataforma permite a los Estados miembros comprar equipo médico certificado -como equipos de diagnóstico y de protección personal- con una mayor eficacia en función de los costes, mediante la compra a granel y una mejor logística. Esto también aumenta la transparencia y la equidad entre los miembros, reduciendo la competencia por suministros cruciales. Comparemos esto con las tácticas solapadas que utilizan algunos países desarrollados cuando compiten por los envíos de equipo médico.

La plataforma AMSP no es única. La Unión Europea tiene una plataforma similar: el Acuerdo de Adquisición Conjunta. Sin embargo, un comienzo accidentado junto con procesos lentos y excesivamente burocráticos llevó a algunos países a establecer alianzas paralelas en un intento de asegurarse el acceso a futuras vacunas.

El éxito de Vietnam

El liderazgo acertado de la situación creada por el Covid-19 no se ha limitado a los países africanos. El gobierno vietnamita ha sido ampliamente elogiado por su clara campaña de salud pública. Se le ha atribuido el mérito de haber unido el país y de haber conseguido una gran aceptación de los esfuerzos para controlar el virus.

Vietnam también ha demostrado que un buen liderazgo implica actuar sobre la base de las lecciones del pasado. El brote de SARS de 2003 propició una fuerte inversión en infraestructura sanitaria, con un aumento anual medio del 9% del gasto en salud pública entre el 2000 y el 2016. Esto dio a Vietnam una ventaja durante las primeras fases de la pandemia .

La experiencia de Vietnam con el SARS también contribuyó a la elaboración de estrategias de contención eficaces, que incluían medidas de cuarentena basadas en el riesgo de exposición y no en los síntomas. Los países europeos, que recibieron advertencias de que su preparación para la pandemia hacía años que ya no estaba a la altura, deberían sentarse y tomar nota. Vietnam tiene uno de los índices más bajos de mortalidad por Covid-19, sólo treinta y cinco personas han muerto hasta ahora.

El ejemplo de Uruguay

Finalmente está el ejemplo de Uruguay. El país tiene el porcentaje más alto de personas mayores de sesenta y cinco años de América del Sur, una población mayormente urbana -sólo el 5% de los uruguayos no viven en ciudades- y una frontera terrestre difícil de controlar con el Brasil, por lo que debería ser un probable foco de infección. Sin embargo, ha logrado frenar el brote sin imponer el bloqueo.

Entre los ingredientes de su respuesta exitosa se encuentran las estrategias de pruebas agresivas y tempranas y la humildad de pedir a la OMS información sobre las mejores prácticas.

Junto con Costa Rica, Uruguay también introdujo una reducción temporal de los sueldos de sus funcionarios públicos mejor remunerados para ayudar a financiar la respuesta a la pandemia. La medida fue aprobada por unanimidad en el Parlamento y contribuyó a alcanzar altos niveles de cohesión social.

Por supuesto, el liderazgo fuerte no se limita al sur global -Alemania y Nueva Zelanda obtienen las mejores calificaciones-, ni todos los países del sur tienen un liderazgo efectivo -pensemos en el Brasil. Pero los ejemplos anteriores muestran que un buen liderazgo -actuando ahora, actuando con decisión y actuando juntos- puede contribuir en gran manera a compensar la relativa falta de recursos de los países.

Hacer más con menos

Se dice que la necesidad es la madre de todos los inventos -donde el dinero es escaso, el ingenio abunda. Esto ha sido tan cierto durante la pandemia como en cualquier otro momento, y es otra lección que el mundo desarrollado haría bien en considerar.

Al principio de la pandemia, Senegal comenzó a desarrollar una prueba de Covid-19 de diez minutos de duración que cuesta menos de un dólar y que no necesita un equipo de laboratorio sofisticado. Asimismo, los científicos de Ruanda desarrollaron un algoritmo ingenioso que les permitió probar muchas muestras simultáneamente al ponerlas en común. Esto redujo los costes y los plazos de entrega, lo que en última instancia hizo que más personas se sometieran a las pruebas y que se obtuviera un mejor panorama de la enfermedad en el país.

En Latinoamérica, los gobiernos han adoptado la tecnología para monitorizar los casos de Covid-19 y enviar información de salud pública.

Colombia ha desarrollado el CoronApp, que permite a los ciudadanos recibir diariamente mensajes gubernamentales y ver cómo se propaga el virus en el país. Chile ha creado una prueba de coronavirus de bajo coste y no patentada, lo que permite que más países de renta baja se beneficien de la tecnología.

Los ejemplos de iniciativa empresarial e innovación en el sur global no se limitan al campo biomédico.

En Ghana, un antiguo piloto, cuya empresa se especializa en la fumigación de cultivos, volvió a utilizar sus aviones teledirigidos para desinfectar mercados al aire libre y otros espacios públicos.

Con ello se logró hacer rápidamente y a bajo costo un trabajo por el que normalmente habrían hecho falta varias horas y media docena de personas. Y en Zimbabwe, la puesta en marcha de tiendas de comestibles en línea ofrece nuevas oportunidades a los vendedores de alimentos para mantener los clientes que desconfían de las compras en persona.

Si bien se trata de ejemplos cuidadosamente seleccionados, ilustran la importancia de la capacidad de innovar en condiciones de escasez: la innovación frugal. Demuestran que las soluciones simples, baratas o improvisadas pueden resolver problemas complicados.

¿Por qué no seguir estos ejemplos?

Esta pandemia es una nueva llamada de atención al mundo. Desde el ébola y el Zika, los gobiernos de todo el mundo han sabido que necesitan aumentar el programa de preparación mundial. A menudo se dice que cuando se trata de pandemias, el mundo es tan débil como su punto más débil.

Sin embargo, la acción global requiere ir más allá de los intereses nacionales para identificarse con las necesidades de los demás. A esto le llamamos solidaridad mundial. A diferencia de las relaciones de solidaridad dentro de los estados nacionales -que se basan en un idioma, una historia o una ètnia compartida- las relaciones mundiales deben reconocer la interdependencia de los diversos actores. La solidaridad mundial es tan difícil de conseguir porque tiene que dar cabida a las diferencias en lugar de basarse en el hecho común.

La pandemia ha demostrado por qué necesitamos la solidaridad mundial. La globalización ha hecho que los países sean interdependientes, no sólo económicamente sino también biológicamente. Sin embargo, en los últimos meses han prevalecido las posturas aislacionistas. Los países siguen estrategias de «sálvese quien pueda». Dentro de este contexto de prevalencia de lo propio, no es extraño que las naciones industrializadas no aprovechen las lecciones de África, Asia y América Latina.

No se trata de una falta de reconocimiento de que hay conocimientos y experiencia fuera del mundo desarrollado; es sólo que estos conocimientos no se consideran relevantes dadas las diferencias estructurales entre los países desarrollados y los países en desarrollo. Sobre este punto, consideramos este último ejemplo.

Entre principios de abril y finales de junio, la Fundación de Desarrollo Rural con sede en la provincia de Sind, en Pakistán, redujo por sí sola la propagación de la infección en la región en más del 80%.

Lo hizo involucrando a las comunidades mediante campañas de información y medidas de saneamiento. También se han desplegado con éxito enfoques a escala comunitaria en la República Democrática de Congo y en Sierra Leona. Durante los brotes de ébola de estos países, en vez de depender de la tecnología y las aplicaciones, las autoridades capacitaron a la población local para realizar en su lugar el rastreo de contactos en persona.

Estas estrategias a escala comunitaria fueron defendidas por expertos del mundo desarrollado. Sin embargo, a pesar de la clara necesidad actual, los enfoques de bajo coste probados y comprobados como éste siguen siendo poco utilizados en los países de altos ingresos. Se han desestimado en favor de las soluciones de alta tecnología, que hasta ahora no han demostrado ser más eficaces.

El problema, como ilustra este ejemplo, es la persistencia de una narrativa omnipresente en la salud mundial que presenta los países industrializados como «avanzados» en comparación con el mundo en desarrollo «atrasado» o «pobre». El fracaso de Europa a la hora de aprender de los países en desarrollo es la consecuencia inevitable de las narrativas históricamente arraigadas de desarrollo y subdesarrollo que mantienen la idea de que el llamado mundo desarrollado tiene todo a enseñar y nada que aprender.

Pero si el Covid-19 nos ha enseñado algo, es que estos tiempos exigen recalificar las percepciones sobre el conocimiento y la experiencia. La segunda ola de Covid-19 impacta Europa pero muchos países del hemisferio sur están aún en medio de la primera. El tan discutido programa mundial de preparación requerirá que las respuestas sean gestionados de manera muy diferente a como hemos visto hasta ahora, con la solidaridad y la cooperación mundial al frente. Un comienzo saludable sería que los países desarrollados se deshicieran de su mentalidad y cultivaran la humildad de comprometerse con países a los que normalmente no miran, y aprendan de ellos.