ECONOMÍA Y COVID- 19: Relación entre tasas de mortalidad y pérdidas económicas

CORONAVIRUS: El golpe del virus del miedo a la economía

El pasado 24 de septiembre se presentó en la conferencia Brookings Papers on Economic Activity, un estudio titulado Resultados macroeconómicos y COVID-19: un informe preliminar. La investigación, realizada por el catedrático de Economía de la Universidad de Pensilvania, Jesús Fernández Villaverde, y por Charles I. Jones, de la Universidad de Stanford, señala que «algunos países capean la pandemia de COVID-19 con relativamente pocas muertes y pérdidas económicas limitadas, mientras que otros han sufrido altas tasas de mortalidad y grandes pérdidas económicas, y hay algunos que no entran claramente en ninguna categoría». Los autores dicen que «determinar el papel que han tenido la suerte y las políticas aplicadas, en los resultados económicos y de salud, será crucial para combatir futuras pandemias».

Los investigadores clasificaron las localidades en grupos según las muertes por millón de residentes -hasta finales de agosto- y las pérdidas económicas estimadas a partir de informes del producto interno bruto, tasas de desempleo y datos de movilidad según mapas de Google.

En la mayoría de los lugares coincidían las altas tasas de mortalidad y las grandes pérdidas económicas (ciudad de Nueva York, región de Lombardía en Italia, Reino Unido, España); y las bajas tasas de mortalidad se correspondían con bajas pérdidas económicas (Alemania, Noruega, Japón, Corea del Sur).

Entre los enclaves geográficos que no se encontraban dentro de estos dos patrones, señalaron a California, con una tasa de mortalidad baja pero pérdidas económicas relativamente grandes; y a Suecia, con una alta tasa de mortalidad, pero con pérdidas económicas limitadas.

Los valores atípicos del patrón general -California y Suecia- llamaron la atención de los investigadores y los compararon con otras localidades. «California y Nueva York sufrieron pérdidas económicas similares -ambas vieron cómo sus tasas de desempleo se dispararon a alrededor del 15 % en abril, pero Nueva York ha tenido 1.700 muertes por millón de residentes y California solo 300. ¿Podría California haber contenido el virus con menores restricciones a la actividad económica?», se preguntaron los investigadores.

En cuanto a Suecia, señalaron que si bien «sufrió tasas de mortalidad comparables a las de Italia, el Reino Unido y España, tuvo pérdidas económicas mucho menores». Comparan a Suecia, con «sus vecinos como Noruega, Finlandia y Dinamarca, que también sufrieron pérdidas económicas limitadas a pesar de que impusieron restricciones más estrictas que Suecia. Noruega, tuvo una tasa de mortalidad de 49 por millón; Finlandia, 60 y Dinamarca, 107, frente a las 575 muertes por millón de Suecia. ¿Podría Suecia también haber logrado una tasa de mortalidad más baja sin dejar de limitar las pérdidas económicas?».

En el caso de Corea del Sur y Alemania, los investigadores suponen que las bajas tasa de mortalidad, se deben a que «Corea del Sur y Alemania implementaron programas de prueba tempranos y agresivos y un uso intensivo del rastreo de contratos». Además, señalan que «alguna evidencia, pendiente de ser confirmada aún, sugiere que la experiencia previa con los virus SARS y MERS ayudó a los países de Asia a estar mejor preparados y que los pacientes de COVID en Alemania eran, en promedio, más jóvenes que en el resto de Europa».

Los investigadores concluyen que estos datos «sugieren que controlar el virus ha sido vital para limitar las pérdidas económicas», y que si bien «la pandemia aún está en curso, dentro de seis meses los roles que tuvieron la suerte y la actuación política deberían ser más claros, ofreciendo lecciones para el futuro». En opinion de los autores, “los buenos resultados son realmente posibles» porque ante el mismo problema, «no todos tuvieron malos resultados».

Ahora bien, no estaría de más observar -cosa que no hacen los autores- que las tasas menores de mortalidad y las bajas pérdidas económicas se dan en un bloque de países que partían de una mejor situación económica y tienen un modelo económico diferente (Alemania, Noruega, Japón, Corea del Sur), frente al grupo de los que partían de una situación económica más frágil como España, Reino Unido, Francia o Italia, donde coinciden altas tasas de mortalidad y altas pérdidas económicas.

Suecia, con altas tasas de mortalidad por la política que aplicó, no sufre los mismos niveles de perjuicio económico que España, y tiene unas pérdidas económicas similares a las de sus vecinos nórdicos. Aquí es donde seguramente entra en juego el modelo económico del país: las economías nórdicas no viven del turismo, la restauración, la hosteleria y el ocio, por lo tanto las restricciones a la movilidad de personas no tienen los efectos devastadores que se han visto en el sur.

Cuando el turismo es una actividad de gran peso en la economía como es el caso de España (15% del PIB), o Italia (13,2 % del PIB), un cierre de fronteras y restricciones en la circulación de personas tienen consecuencias fatales para la economía. La restauración y la hostelería suponen el 6,2% del PIB de España, que sumado al turismo y las actividades económicas relacionadas, representan el 33% del PIB del país. Con estas cifras es evidente que en un evento negativo global como éste, se hiciera lo que se hiciera, las pérdidas económicas iban a ser notables.

En el caso del Reino Unido, severamente golpeado en su economía por la pandemia (con un desplome histórico del PIB superior al 20%, según datos de junio pasado), hay que señalar que el 80% de su economía depende del sector servicios y hubo caídas superiores al 50% en restauración y hostelería, rubros muy castigados por las medidas para frenar la pandemia. Otra vez queda patente la influencia del modelo económico en las pérdidas que generan las medidas para contener una pandemia. Cuanto más peso tienen sectores como el turismo, la restauración o la hostelería, mayores son las pérdidas. Los pésimos resultados del Reino Unido, tanto en mortalidad como en desplome económico no son sorprendentes si tenemos en cuenta la crisis sanitaria y los índices de pobreza y precariedad socio- económica de los cuales partía. Eso, sumado a la política errática de Boris Johnson en la gestión de la crisis del coronavirus han convertido al Reino Unido en el país de Europa más afectado.

Vale la pena señalar que en Corea del Sur, el turismo sólo representa el 1,8 % del PIB. Y para Japón, o Alemania, el turismo en ningún caso aporta más del 5% del PIB.

Otro tema crucial es la densidad de población de las ciudades, porque no es lo mismo vivir hacinado en ciudades como Madrid, Barcelona, París, Londres o Nueva York que en localidades del centro y norte de Europa, donde además la calidad del aire es notablemente mejor -y ya se ha demostrado la incidencia de la mala calidad del aire en la gravedad de la pandemia– y abundan los grandes espacios verdes.

Veamos algunos ejemplos de densidades de población: Madrid, 5.418 hab/km2; Barcelona, 15.992 hab/km2; Londres, 5.590 hab/km2; Nueva York, 10.756 hab/km2 o París: 21.258 hab/km2. Comparemos esas cifras con las de Oslo (capital de Noruega), 1.527 hab/km2; o las de Alemania: Berlin,3891 hab/km2, Frankfurt , 3.100 hab/km2; Düsseldorf, 2.727 hab/km2.

Y en cuanto a calidad de aire, Madrid, Barcelona, Londres, París y las ciudades italianas de las regiones de Lombardía y el Piamonte donde la pandemia ha causado más daños, ocupan desde hace años los primeros puestos de Europa en el ranking de las más contaminadas.

Se podría argumentar el caso de Corea del Sur, donde su capital Séul tiene una densidad de población muy alta de 17.000 hab/km2 y el país tuvo bajas tasas de mortalidad, pero en este caso entra el factor de la disciplina social oriental y la experiencia en las pasadas epidemias de SARS Y MERS. Y si, por curiosidad, incluimos a la ciudad de Wuhan (China) en esta lista, con su población de 11 millones de habitantes, -contando su cinturón metropolitano- resulta que su densidad es de sólo 1.305 hab/km2.

No es lo mismo tener que desplazarse en el metro de Madrid o Barcelona, -donde durante toda la pandemia se está denunciando que en las horas punta los usuarios del transporte público siguen viajando hacinados- que desplazarse en un vehículo particular, cosa que es mucho más habitual en el norte de Europa.

El tamaño de las viviendas y los metros de los que dispone cada uno de sus moradores, es otro factor que incide en los contagios. No es lo mismo vivir hacinado, que tener posibilidades de autoaislarse del resto de los convivientes si es necesario. Por ejemplo, en Dinamarca, un país del bloque de los que están saliendo mejor parados de la pandemia, la vivienda promedio es de 137 m2. En Japón -contrariamente a lo que se suele creer en Occidente- la vivienda media es de 90 m2, mayor que la superficie de la vivienda promedio en el Reino Unido que es de 76 m2.

En general en la UE, el 40% de la gente vive en viviendas de propiedad horizontal («pisos», en España; «departamentos» o «apartamentos» en Latinoamérica), más del 25% habita casas en urbanizaciones; y más de un tercio, en casas unifamiliares («chalets», en algunos países de América Latina). Pero la proporción cambia entre países pobres y ricos de la UE: en España más del 60% vive en un piso (departamento) y en Noruega, más del 60% de sus habitantes vive en una casa unifamiliar (chalet).

En resumen, parece bastante evidente que vivir en una localidad con una alta densidad de población, con una mala calidad del aire , con una mayoría de viviendas pequeñas, en un país donde la economía está en crisis y el modelo económico tiene su punto fuerte en el turismo, la restauración, la hostelería y las actividades que dependen de estos sectores, implica tener muchas más posibilidades de salir de la pandemia con las mayores pérdidas humanas y materiales.

Si además, la sociedad carece de autodisciplina y responsabilidad colectiva, y la clase política es la que tenemos en algunos países, los malos datos no son ninguna sorpresa.

Como siempre, también en esta pandemia, ser pobre mata. De hecho, esta división pobres-ricos también se ha observado dentro de las mismas ciudades: en Barcelona, Madrid y Nueva York, los distritos populares donde se concentra la población con menos recursos económicos, sufren la tasa más alta de contagios.